¿Qué pasaría si una misma semilla pudiera dar origen a dos cosechas sin necesidad de volver a sembrar? Esa pregunta, que hasta hace pocos años parecía propia de la ciencia ficción, es el eje del trabajo que desarrolla Infira, una startup nacida en Santa Fe que acaba de recibir uno de los máximos reconocimientos internacionales a la innovación tecnológica.
Infira apuesta a prolongar la vida de los cultivos
La startup creada por investigadoras santafesinas desarrolla una tecnología que reactiva la capacidad natural de los cultivos para rebrotar, con el objetivo de reducir costos, mejorar los suelos y hacer más sostenible la producción agrícola
La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), organismo especializado de las Naciones Unidas, distinguió a la empresa por su capacidad de innovación y su impacto disruptivo en la categoría Agro y Alimentos. El reconocimiento tuvo un doble valor: además del premio a la startup, Renata Reinheimer, una de sus fundadoras, fue galardonada como Mejor Mujer Emprendedora.
Detrás de ese logro hay años de investigación científica desarrollada en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y el Conicet, donde Reinheimer se desempeña como investigadora y docente de la Facultad de Ciencias Agrarias, especializada en biología y biología molecular. "Todavía estamos procesando la noticia", confesó en diálogo con la prensa. El reconocimiento llegó tras un proceso de selección que reunió a unas 4.000 empresas de 130 países. Luego de varias instancias de evaluación a cargo de un jurado internacional independiente, Infira quedó entre las 33 finalistas y finalmente se impuso en la categoría destinada a empresas emergentes del sector agroalimentario.
La propuesta tecnológica de Infira parte de una idea tan simple como revolucionaria: extender la vida útil de los cultivos para que puedan rebrotar luego de la cosecha. "En términos sencillos, nuestra tecnología permite que a partir de una misma semilla podamos obtener dos cosechas", explicó Reinheimer.
La innovación tiene un impacto directo sobre la economía del productor, ya que reduce los costos de implantación al evitar una nueva siembra. Pero los beneficios, asegura la investigadora, van mucho más allá. "Al mismo tiempo que producimos alimentos, regeneramos el suelo. Las raíces permanecen vivas durante más tiempo, desarrollan un sistema radicular más profundo, mejoran la estructura del suelo, capturan carbono y además disminuye el uso de maquinaria porque evitamos una nueva siembra", detalló.
La tecnología nace de una pregunta biológica. Los principales cultivos agrícolas actuales —como trigo, maíz o arroz— son especies anuales, es decir, completan su ciclo de vida en una sola campaña. Sin embargo, sus ancestros silvestres tenían un comportamiento muy diferente. "Durante el proceso de domesticación se priorizó aumentar la productividad y acortar el ciclo de vida porque había que producir más alimentos. En ese camino los cultivos perdieron esa característica, aunque en realidad nunca desapareció del todo", explicó.
La memoria genética de los cultivos
La investigación permitió descubrir que esa capacidad seguía presente en el genoma de las plantas. "Nos dimos cuenta de que los cultivos todavía conservaban una memoria de vida larga. Solo había que encontrar dónde estaba esa información genética", relató.
A partir de ese hallazgo, el equipo logró activar genes que permanecían inactivos. "Lo que hacemos es despertar esos genes que estaban dormidos. Hoy, frente al desafío del cambio climático y la necesidad de producir de manera sostenible, esa memoria genética vuelve a tener sentido porque nos permite mantener buenos niveles de producción y, al mismo tiempo, regenerar los sistemas agrícolas", señaló.
El desarrollo ya dejó atrás la etapa exclusivamente experimental y comenzó a validarse en condiciones reales de producción. El cultivo más avanzado es el arroz, donde Infira transita la segunda campaña de ensayos a campo con resultados que la investigadora calificó como "excelentes".
"Aprendimos muchísimo sobre el comportamiento de las plantas y sobre el manejo agronómico que requiere esta tecnología", afirmó Reinheimer, hija del reconocido científico Jorge Reinheimer, dr. en química, profesor de la UNL e investigador del Conicet.
A partir de esos avances, el equipo ya comenzó a extender el desarrollo hacia otros cultivos estratégicos para la agricultura argentina, entre ellos la soja y el maíz, con el objetivo de adaptar la innovación a diferentes sistemas productivos.
Proyección internacional
En un contexto de restricciones presupuestarias para el sistema científico nacional, Reinheimer evita detenerse en el diagnóstico pesimista y prefiere poner el foco en las oportunidades. "La ciencia argentina puede jugar en las grandes ligas. Tenemos muchísimo para mostrar y siempre nos hemos destacado por la calidad de nuestra investigación y nuestra tecnología", sostuvo.
Reconoce que el escenario actual presenta dificultades para quienes hacen ciencia, aunque asegura que el sistema científico argentino ha demostrado históricamente una gran capacidad de adaptación.
"Soy positiva por naturaleza. Me gusta mirar el vaso medio lleno. Ya vivimos otras etapas muy difíciles, incluso cuando mi padre también era investigador del Conicet, y siempre salimos adelante. Nos acomodamos al contexto y seguimos avanzando", reflexionó.
Para Reinheimer, el premio otorgado por la ONU no solo reconoce el trabajo de una startup, sino también el potencial de la ciencia pública argentina para generar desarrollos con impacto global. La historia de Infira, nacida en laboratorios santafesinos y distinguida entre miles de proyectos de todo el mundo, es una muestra de que la innovación puede convertirse en una herramienta para transformar la producción agropecuaria desde el conocimiento.










