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De actor a productor en la tierra de sus abuelos

Después de vivir en Rosario, Luciano Temperini se instaló en la tierra que trabajó su familia en Alvear y empezó a producir alimentos agroecológicos
25 de marzo 2023 · 06:00hs

De muy chico, Luciano Temperini se fue a Rosario. En la ciudad se dedicó principalmente al teatro. Pasaron los años y allá por el 2013, decidió volver a Monte Flores, “la tierra de los abuelos”, un paraje rural ubicado a 5 kilómetros de Alvear. En este lugar, sus abuelos trabajaban la tierra para producir alimentos. Eran ocho hectáreas que con el tiempo se fueron dividiendo y hoy son cinco.

“En ese momento, restauramos la casa y empezamos a producir alimentos para consumo familiar: Zucchini, remolacha, acelga, radicheta, camote, tomate y un pequeño gallinero”, recuerda Luciano. Siempre había una diferencia entre lo que se producía y lo que alcanzaba a consumir la familia, por lo que con el remanente armaban bolsones y los vendían en las ferias: “Con el reparto de bolsones nos estaba yendo muy bien por lo que en el 2015 decidimos enfocarnos en las legumbres”, cuenta.

A cada bolsón, empezaron a agregarle paquetes de medio kilo de arveja agroecológica y enseguida percibieron que los alimentos producidos de manera agroecológica despertaban interés. “No existían muchas propuestas en la zona y nos dimos cuenta de que se podía crecer por ese lado”, cuenta Luciano.

Otra de las razones por la que decidieron avanzar con las legumbres, tiene que ver con los tiempos y la logística que demanda este tipo de producciones. “Por ese entonces yo daba clases de teatro y trabajaba en relación de dependencia, además de ser el encargado de la siembra, cosecha y reparto de mercadería. Tenía una Fiat 125 Mirafiori que me dejaba a pata cada dos por tres (risas) y no llegaba a entregar a tiempo. Además de que necesitaba un lugar para almacenar el alimento y con la verdura era complicado. Ese fue el otro motivo del viraje”.

De la alfalfa a la arveja

Lo primero que hizo cuando decidió empezar el proyecto de Chacra Monteflore fue preguntarle a su tío abuelo Federico, quien le aconsejó “dejar descansar a la tierra”. “Lo que hicimos entonces fue comprar semillas de alfalfa, sembramos y así estuvimos cuatro años reponiendo la tierra”, cuenta.

“El que nunca estuvo relacionado con el campo, no llega a entender lo que significa sembrar 5 hectáreas de maíz y verlo crecer más alto que uno. A los “gringos” vecinos les digo que lo que hacen es maravilloso. Cuando solo estás atrás de los números, te olvidás de la magia que significa dejar caer una semilla, verla crecer y producir alimento”, reflexiona.

Después de la alfalfa, llegó la arveja. “Mi primo, que no es de la agricultura orgánica pero conocía del tema, me dijo, ‘lo que querés es hacer todo como antes’, y me recomendó la arveja porque enseguida “hace” planta, no te la tapan los yuyos y es bastante rústica. Así fue que pasamos el disco a la alfalfa y sembramos arveja. Creció super bien y sacamos un camión entero. Pero no sabía qué hacer con la arveja y no tenía dónde guardarla. Ahí mi primo me ofreció llevarla al acopio, pero se mezclaría con otras arvejas. Desesperado, “boquillé” (sacar de la boquilla del acoplado de un camión) dos bolsas. Las cocí y me las guardé en casa. Hice bolsas de medio kilo y las empecé a agregar a los bolsones. Pero no podíamos dejar que se nos escape otro acoplado. Entonces, preparamos el galpón. Al año siguiente guardamos arveja y lenteja. Nos fue muy bien con la venta. Y ya no paramos más”. La arveja les enseñó que la clave estaba en organizar el acopio y la distribución. Después vino el trigo y el molino que lo transformó en harina.

El molino para agregar valor

Convencidos de que no podían hacer todos los inviernos legumbres sino que era importante rotar, deciden apostar por el trigo y se animan a adquirir un molino para transformar el grano en harina integral. “En ese momento, éramos muy pocos. Hoy somos más de 70 molinos en todo el país. Hubo un incentivo del Inta. Hoy creo que es necesario estimular el consumo más que la producción”, analiza Luciano.

“Cuando me largué con el molino, suponía que el asunto consistía en colocar el grano arriba y que abajo caía la harina integral. Me fui dando cuenta de que debíamos estar atentos a otros factores: el grano debe entrar limpio, bien zarandeado, no debe estar “vestido”. También inciden la temperatura ambiente y del mismo grano, por lo que hay que bajar las revoluciones para no calentarlo o quemarlo”, enumera entre otras cuestiones que fueron aprendiendo. Al tiempo, incorporaron un nuevo molino y un extractor, con un detalle no menor: “Todo ingeniería local”. Y este es un dato que Luciano no deja de lado: “Somos cuatro personas las que trabajamos directamente, pero somos muchos los que estamos alrededor del proyecto. Siempre tratamos de que la mano de obra y las empresas sean de la zona. Agregado valor, envasado, serigrafía, selección, bolsas, siembra, cosecha, control de plagas”. Y agrega: “Lo más lógico es proveerse de los insumos acá o en la región”.

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Los inicios. Cuando comenzó el proyecto sembraron alfalfa y estuvieron cuatro años reponiendo la tierra.

Los inicios. Cuando comenzó el proyecto sembraron alfalfa y estuvieron cuatro años reponiendo la tierra.

Volviendo al molino: “Hacemos dos partidas: primero de 2 mm y después 0,8. Ese fue el crecimiento que fuimos haciendo: no en hectáreas ni en toneladas. Pero sí en calidad y aprendizaje. Un cliente nos dice: la masa no me subió lo suficiente. Uno identifica el lote y conoce las condiciones en las que se produjo ese trigo. Dicen que cuando el trigo rinde menos, tiene mejor calidad. Son sutilezas que vamos aprendiendo con los panaderos artesanales”, cuenta el productor.

Las harinas de trigo las elaboran con su propia cosecha. A veces algún productor agroecológico que quiere diferenciarlo (como le pasó a Luciano con la arveja), les vende el producto. Ellos lo transforman y distribuyen.

En Salta adquieren poroto negro. Probaron transformarlo en harina, pero no saben la demanda que puede tener la harina de legumbre. “Por ahora no queremos abrir otro frente”, dice. La elaboración de pastas secas es otro de los proyectos: “Al grano lo transformamos en materia prima (harina) de un alimento, en este caso la pasta”.

Según cuenta, las pastas de legumbres están ganando un espacio en la preferencia de los consumidores. “Hicimos una prueba con la cooperativa Arraigo de Villa Constitución. Les proveímos de harina de lenteja y ellos hicieron la pasta. Salió muy bien. Para comenzar con la comercialización, se debe pensar en sostener la continuidad en la distribución, en la producción, además de otros factores antes de lanzarlo” Otro tema que no es menor es el packaging. “Nuestras bolsas son de papel compostable, sin plástico. Con las pastas es complicado porque la gente quiere ver el producto a través de un envase transparente. Coherencia, estética y ética son factores que están demorando también el lanzamiento de nuestras líneas de fideos secos”, explica Luciano.

Control de plagas

Para el control de insectos utilizan productos biológicos: “Al maíz que tenemos sembrado, le pasamos BT (Bacillus thuringiensis, una bacteria alternativa del plaguicida) o trichoderma (un hongo que impide el desarrollo de otros causantes de enfermedades). No somos aplicadores compulsivos. Este año no íbamos a sembrar maíz, pero cayeron 90 milímetros de repente y nos decidimos”.

Hoy tienen sembrados 7 hectáreas de maíz candelaria dúo (INTA). En el galpón utilizan tierra de diatomeas, “un polvo inocuo”. Mientras que al campo lo fertilizan con cama de pollo (abono orgánico, fuente de fósforo y otros nutrientes).

“A la soja no transgénica como al maíz producido sin químicos les pasamos una reja entre los surcos para el control mecánico de la competencia, no decimos malezas. Pasamos un carpidor entre surcos para que no ganen los yuyos colorados, la verdolaga o el chamico”, detalla. Para la labranza, contratan a una empresa de la zona. En materia comercial, asegura que el precio del grano “producido sin químicos” se vende “algo mejor que la pizarra”.

“El desafío es buscar otros canales. Existen varias producciones agroecológicas pero no tienen un lugar para procesar y vender. Nos venden trigo. Para nosotros, a veces es más conveniente (económica y logísticamente) comprar el grano ya producido que alquilar la tierra, contratar el disco, la semilla. Estar en la producción primaria, agregar valor y distribuir”, explica.

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Packaging. Las bolsas son de papel compostado, sin plásticos.

Packaging. Las bolsas son de papel compostado, sin plásticos.

Luciano es un convencido de que la agroecología es el camino: “No es nuevo, no estamos inventando nada. Es lo de antes pero también es el futuro”. Entiende que “si la tierra está sana, salen plantas sanas desde donde se extraen alimentos sanos, sin necesidad de tanto remedio”. A pesar de esta visión, Luciano deja en claro que “al que trabaja con químicos, no lo critico, lo admiro. La manera de producir es una elección que hago. Vivo principalmente del agregado de valor y de la distribución, y no de la producción primaria. No puedo juzgar”.

Los productos

“Volví a la tierra de grande, nadie me llamó. Producir alimentos es una de las grandes satisfacciones que me dio la vida”, asegura.

Desde la chacra, distribuyen en promedio hasta 6 toneladas de alimentos por mes. Lenteja, soja no transgénica -“además de la que producimos, se la compramos a un amigo de Marcos Juárez”-, poroto negro, maíz pisingallo, arroz integral y shamaní largo fino, harina integral de trigo y superfina, harina integral de centeno -“sembramos algo de centeno, otro poco le dimos la semilla a un vecino amigo que plantó, y ahora lo tiene guardado en un silobolsa y le vamos comprando a medida que necesitamos”-. También cuentan con harina de arroz integral que compran en Entre Ríos. Es decir, algunos alimentos producen, otros sólo fraccionan y distribuyen. “Ponemos el grano en una bolsa, se lo enviamos al cliente y después nos agradece desde una compra comunitaria en Bariloche o en El Bolsón. Menos Corrientes, ya hemos enviado a todas las provincias”, cuenta con orgullo.

“Estamos produciendo alimentos, no commodities. Y eso es una enorme satisfacción y debe ser rentable. No vivimos sólo de la satisfacción. Tiene otro valor y otro laburo. Ahí pusimos el foco”, entiende.

Gallinas felices

A todo lo anterior, suman la producción de huevos de “gallinas felices” criadas a campo. “Producimos y clasificamos arvejas, y lo que resulta de esa clasificación, representa el 40% del alimento de las gallinas. La otra parte se las da el maíz. Las proteínas las consiguen estando sueltas con los bichos que pululan por ahí”. Hoy tienen 100 gallinas criadas a campo en un cuarto de hectárea.

Hoy el campo familiar donde se inició Granja Monteflore está en venta. La Granja momentáneamente funciona en un campo alquilado. Quedan en el tintero varios proyectos a desarrollar. Desde la visita de escuelas para que los chicos vean de qué se trata lo agroecológico hasta la producción ganadera. El pastoreo racional “es ideal para la agroecología”.

“Cuando tenga la tierra podré concretar algunos proyectos que tengo en la cabeza y trasladar lo que está sucediendo en tierra alquilada para que eche raíces en otro lugar” sintetiza Luciano. Y resalta: “En un momento me di cuenta de que aún sin tierra ni herramientas propias estaba haciendo agricultura, estaba viendo crecer el maíz”.

La biodinámica y los cultivos de cobertura son temas pendientes, “pero ya llegará”, se entusiasma.

Luciano sabe que cuando vendan el campo, recibirá su parte. “Pero hay mucha gente que la merece. Hace falta un plan para producir alimentos, pero sin sacarle nada a nadie. Hay tierra y hay necesidad de producir. Somos muchos los productores que estamos alquilando y que merecemos la tierra”, reflexiona al final de la charla.

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