La familia santafesina defensora del Brangus media sangre

Desde Ambrosetti, los Thavonat desarrollaron un esquema de cabañas Brangus en los 70 que no para de crecer. Motivados por la rusticidad y el poder de adaptación del híbrido, su historia -que comienza en los albores de la Primera Guerra Mundial en Alemania- es un caso de éxito que logró reconocimiento en la región.
7 de diciembre 2022 · 06:00hs

La cabaña La Turingia, ubicada en la localidad santafesina de Ambrosetti, produce generaciones avanzadas de Brangus media sangre, toros negros y colorados de dos y tres años que comercializan en su remate anual, en exposiciones rurales del centro y norte del país y en el propio establecimiento.

Para contar la historia de su empresa que publicó el grupo CREA en su portal de contenidos, Pedro Thavonat –el menor de seis hermanos- se remonta a los albores de la Primera Guerra Mundial en Alemania, al nacimiento de su abuelo materno, Carlos Conrady, en la ciudad portuaria de Rostock.

Al finalizar la contienda, Carlos parte junto a dos amigos en busca de un futuro mejor en Sudamérica. Luego de recorrer otras tierras, decidió instalarse en la Argentina, donde existía una comunidad de alemanes bastante importante. Fue entonces que comenzó a trabajar en La Jovencita, estancia perteneciente a la familia Böhtlingk von Buch, localizada en Ambrosetti, departamento de San Cristóbal, Santa Fe, donde permanecería toda la vida. Allí, se casa con Elena Leonor Senn, y allí nace también Luisa, madre de Pedro.

Su familia paterna, en cambio, vino de Austria. Su padre, Peter, nació en plena Segunda Guerra Mundial, en Viena. “Pasaron ese tiempo esquivando las bombas en un campo familiar, ubicado a 30 kilómetros de la capital”, relata.

El divorcio de sus abuelos llevaría a su abuela paterna a emigrar a la Argentina, donde su familia tenía campo. Estaba ubicado en lo que hoy es Clason, localidad que lleva el apellido de su tatarabuelo, quien donó las tierras para la construcción de una estación de ferrocarril. “Mi padre permaneció en Europa, donde pasó su niñez, pero en la adolescencia mi abuelo decidió enviarlo a pasar una temporada junto a su madre”, subraya.

Así fue que en 1957 Peter llega al país sin hablar una sola palabra de castellano, pero se enamoró del sol, del clima y de las bondades del suelo santafecino. Fue un cambio fuerte, pero tras aprender el idioma comenzó a trabajar en el campo, cuidando una majada de ovejas. Primero lo hizo en la estancia familiar, para terminar luego en La Jovencita, donde conoció a Luisa, con quien se casó en 1966.

Si bien su vida laboral se desarrolló en ese establecimiento, Peter no se quedó quieto. Además de sacar adelante un campo de 1400 hectáreas que su suegro tenía en Fortín Inca, Santiago del Estero, decidió ampliar su superficie con la adquisición de nuevas tierras.

Primero pensó en Paraguay, tras un viaje de reconocimiento que había realizado con el grupo CREA. “En el año 1973 se registraba un gran interés en la compra de campos en ese país y mi padre adquirió uno, en sociedad con José Luis Centurión, quien era en aquel momento el asesor del grupo. Lo desarrollaron durante un tiempo, pero terminarían vendiéndolo seis años más tarde, para adquirir otros en la zona de Ambrosetti. Uno de ellos fue La Turingia, de 1517 hectáreas”, relata. Ubicado en el departamento San Cristóbal, este campo se destinó, al menos inicialmente, a la cría extensiva de razas británicas.

Vigor híbrido

Allá por la década del 70, comenzaban a registrarse en la zona y en el país los primeros cruzamientos de rodeos locales (Hereford y Angus) con razas cebuinas (Nelore, Brahman), que darían origen a las sintéticas Brangus y Braford. Así, comenzó un nuevo proceso en la actividad ganadera de la mano del híbrido, que llegó para aportar adaptación y rusticidad.

“En aquel momento se produjo un ataque muy fuerte de Anaplasmosis (tristeza bovina). Los rodeos con prevalencia de sangre británica sufrieron grandes problemas de mortandad, no así los que tenían un chorrito de cebú”, explica.

Este suceso fue determinante para que, tanto en La Jovencita como en La Turingia, Peter diera inicio a un esquema de cabañas que ya no abandonaría. En su caso particular, con un rodeo Brangus diferencial: él aún conserva el “media sangre” (50 y 50), del que el resto de las cabañas se apartó. “En esta decisión le tengo que dar todo el crédito a mi padre. Gracias a su perseverancia se conservó esa visión. Hoy llevamos 10 o 12 generaciones de media por media y ya se estabilizó un biotipo. La meta fue siempre la misma: mantener la rusticidad, pero también imprimirle, a través de la selección, todas las cualidades que los ganaderos buscan: calidad carnicera, adaptación, fertilidad y buenos rindes”.

Actualmente, la cabaña produce generaciones avanzadas de Brangus media sangre, toros negros y colorados de dos y tres años que comercializan en su remate anual, en exposiciones rurales del centro y norte del país y en el propio establecimiento.

La meta fue siempre la misma: mantener la rusticidad, pero también imprimirle, a través de la selección, todas las cualidades que los ganaderos buscan: calidad carnicera, adaptación, fertilidad y buenos rindes La meta fue siempre la misma: mantener la rusticidad, pero también imprimirle, a través de la selección, todas las cualidades que los ganaderos buscan: calidad carnicera, adaptación, fertilidad y buenos rindes

“Inicialmente, el colorado se descartaba. Pero a partir de la década del 90, empezamos a conformar dos rodeos estables de sendos colores con la misma base genética”, indica Pedro.

Además, generan vaquillonas preñadas negras y coloradas que son entoradas o inseminadas con toros propios a los 24 meses de edad. “En total, disponemos de un rodeo de 1600 madres que constituyen el semillero genético, y todos los años guardamos los mejores toros para continuar mejorando”, agrega.

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Una familia empresaria

A pesar de haber trabajado algunos años en la casa central de un banco, Pedro -licenciado en Economía Empresarial de la Universidad Torcuato Di Tella- siempre supo que su vida se iba a desarrollar en el campo. “Trabajaba en Panamericana frente a un importante centro de compras y, la verdad, no me gustaba mucho la idea de permanecer encerrado ocho horas por día en un edificio. Siempre fui amante de lo natural, del verde, de ver el desarrollo de la vida, y estando en la ciudad lo extrañaba”, reconoce.

En el año 2006, con la excusa de colaborar por una temporada en la preparación del remate anual, volvió al campo y, según explica, sin mediar invitación se fue quedando. “Nunca hubo un pedido formal. Sencillamente fui asumiendo responsabilidades y, cuando me quise acordar, me encontraba afincado en La Turingia”.

Empezar a trabajar con su padre no fue fácil. “Que quien es tu padre sea, al mismo tiempo, tu jefe, implica unir dos engranajes que se tienen que ir aceitando. Por supuesto, hubo momentos difíciles y discusiones, pero creo que hemos logrado siempre poner los objetivos por sobre nuestras posibles diferencias. Los compartimos y vamos tras ellos”, señala.

Con 80 años, su padre aún se encuentra al pie del cañón. Se trata de una persona activa y con salud para seguir el ritmo del trabajo; sin embargo, por la dimensión que adquirieron las cosas -en 1995 compraron el establecimiento La Marianita, de 1300 hectáreas, también en la zona de Ambrosetti, y en 2018 arrendaron otro campo de 1150 hectáreas en Curupaytí- comenzó a necesitar sí o sí más colaboradores. Entonces se unieron Pedro y, desde hace seis años, su hermana Carina.

En la firma no hay una definición muy precisa de roles, aunque es algo en lo que se encuentran trabajando junto con el asesor, Gustavo Leurino. “Cuando ingresé a la empresa, mi rol era el de bombero: donde había fuego iba yo a apagarlo. Hoy en día eso está un poco más definido”, subraya el menor de los Thavonat.

Además de ocuparse de la agricultura (800 hectáreas totales) y de la siembra de pasturas y verdeos, Pedro se encuentra a cargo del campo de Curupaytí, donde realizan un esquema de cría, recría y algo de ciclo completo. “Aún hoy trabajamos en la recomposición de los campos, porque cuando los adquirimos estaban muy venidos a menos”, advierte.

A grandes rasgos, la empresa trabaja un 80% sobre campo natural, aunque también realizan siembra de pasturas de alfalfa, verdeos de invierno (avena) y verdeos de verano (sorgo). En lo que es agricultura -destinada principalmente a abastecer a la ganadería- realizan maíz para grano y silaje, sorgo para silaje, soja, girasol y trigo.

Por su parte, Carina se encuentra más abocada a las tareas de escritorio. Además de manejar el programa de gestión de la empresa, de realizar los trámites en Senasa y de efectuar el pago de los sueldos del personal, se ocupa de una tarea antes impensada, pero que hoy adquiere un rol preponderante: la difusión de la cabaña a través de las redes sociales. “A veces pensás que por el solo hecho de existir, todos saben quién sos, y eso no es así. Es preciso salir tranqueras afuera y darse a conocer. Las redes sociales nos dieron un envión importante, y hoy su mantenimiento constituye una tarea más en la actividad diaria. Gracias a ello logramos contactar a productores de Paraguay y Brasil, por ejemplo, que se encuentran muy interesados en nuestra genética”, cuenta Pedro.

Una prueba de este cambio de paradigma es la posibilidad de trasladar el clásico remate anual a un formato virtual, un recurso al que debieron recurrir en plena pandemia. “Aprendimos que, como el resto de los productos, los nuestros también se pueden comercializar de esa forma. De hecho, el remate 2022 de la cabaña y el 40% de las ventas fueron telefónicas. Muchas cosas han cambiado y lo han hecho para siempre”, reconoce.

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Su vínculo con CREA

La relación con el Movimiento CREA nació en La Jovencita, establecimiento que en el año 61 comenzó a integrar el octavo grupo del país: Ceres-San Cristóbal. Pedro recuerda perfectamente aquellas reuniones. También recuerda a su asesor, Fabián Tommasone, al que recibían como a un integrante más de la familia”, recuerda.

En el año 2009, los Thavonat pasaron a formar parte del CREA Ramayón con su propia empresa. “Con el grupo aprendimos a planificar, a anticiparnos, a aprovechar la experiencia de los demás integrantes y a compartir la propia para, entre todos, transitar la vida productiva de la manera más ordenada posible, siempre apuntando al crecimiento”, señala.

En el Movimiento encontraron los valores que tanto les gustan y comparten: generosidad, solidaridad, respeto, compromiso, integridad y búsqueda de la excelencia. “Estamos convencidos de que sin ellos no vamos a ningún lado, ni como empresa ni como personas ni como país. Por eso hace falta recordarlos y tenerlos siempre como un faro”, asegura. Carina se desempeña actualmente como presidente del grupo.

El futuro

Para la familia Thavonat, el negocio pasa por hacer lo que les gusta sin perder el objetivo de crecer. Eso implica mantenerse integrados, ser sustentables, solventes y, por supuesto, rentables. Algo que logran también con una explotación mixta. “Acá el clima no siempre es tan benévolo. Te puede tocar un año con lluvias abundantes o bien una sequía, entonces, este tipo de estructura nos brinda un poco más de seguridad, nos permite tener siempre una pata firme sobre la cual pararnos”, explica.

¿Piensan expandirse a nuevas actividades? Los Thavonat están siempre en la búsqueda de nuevas oportunidades de desarrollo y crecimiento. La producción y venta de semen de los padres de la cabaña es una de ellas. “Ahora, tenemos mucho trabajo. Buscamos crecer en lo que hacemos, innovando en tecnología y en la incorporación de genética para nuestro rodeo. De este modo, logramos tener un producto estable que podemos comercializar muy bien y que, creemos, tiene mucho futuro. Por eso, nuestro principal desafío pasa por dar a conocer lo que hacemos y ampliar nuestro mercado trascendiendo las fronteras. Ese es nuestro foco de crecimiento para los próximos años”, concluye convencido.

Los números de la empresa

  • 4250 hectáreas propias
  • 1150 hectáreas arrendadas
  • 1600 vientres de cría (4.000 cabezas rodeo total)
  • 1 remate anual
  • 120 toros vendidos al año
  • 150 vaquillonas preñadas vendidas al año
  • 120 kilos de carne de producción por hectárea por año
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