Soja: cómo revertir su tendencia "declinante"

Especialistas analizan los límites productivos del cultivo. Cómo inciden el retraso tecnológico, el avance de siembra de segunda y el clima
4 de octubre 2022 · 06:00hs

El cultivo de soja, que fue la estrella de la explosión agrícola argentina en las últimas décadas, está declinando, tanto en área como en rendimientos. Si bien el clima en esta campaña 2022/23 volvió a darle un empuje, ya que muchas hectáreas pensadas para maíz serán captadas por la oleaginosa, la tendencia es “declinante”. Así los expresan y advierten los especialistas del sector, quienes en el último seminario Acsoja -entidad que reúne a toda la cadena sojera- señalaron que es clave afinar el manejo, invertir en nuevos cultivares y semilla fiscalizada, y optimizar el uso de insumos para lograr revertir la situación.

El rendimiento de la soja en Argentina en los últimos doce años viene bajando”, alertó Diego Santos, integrante de Prosoja e investigador de Inta Paraná. Ese mismo diagnóstico fue el que dio Octavio Caviglia, especialista de Conicet y docente de la Universidad Nacional de Entre Ríos, quien indicó que “el área de soja en el país se redujo en 5 millones de hectáreas en últimos años”.

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Santos explicó que la provincia de Buenos Aires, que concentra la mayor superficie, “pierde 26 mil hectáreas por año de área” y los rendimientos “están planchados”.

Algo similar ocurre en Córdoba y en menor medida en Santa Fe, las dos provincias que le siguen en superficie sembrada. En el primer caso, pierde unas 100 mil hectáreas por año de área cultivada con soja, mientras que el territorio santafesino la caída anual es de unas 25 mil hectáreas anuales. “Santa Fe es la provincia que menos pierde, pero los rindes están planchados“.

Justamente esta caída del rendimiento está asociada al incremento de áreas sembradas con soja de segunda en detrimento de cultivo de primera.

“La soja de primera continúa mejorando su rendimiento a razón de 24 kilos por año, es decir cada cuatro años mejoramos un quintal el rendimiento”, mientras que los de segunda “están planchados y no aumentan”, advirtió Octavio Caviglia, especialista del Conicet y docente de la Universidad de Entre Ríos.

Detalló que en 2010 la soja de segunda representaba el 10% de la superficie sembrada en Argentina y en 2021 llegó a 40%, con variaciones según las zonas.

Esto explica, a priori, la reducción o el estancamiento de los rindes. Por caso, según indicó Santos, en Santa Fe la superficie con cultivos de segunda pasó del 16% al 41% en doce años, mientras que en Buenos Aires pasó del 20% al 38% del total y en Córdoba, la soja de segunda pasó de 10% a 23%. Algo similar ocurre en Entre Ríos y Santiago del Estero, las otras dos provincias que ocupan el ránking de superficie cultivada.

Para lograr altos rendimientos primero es necesario neutralizar los factores reductores, para luego maximizar la eficiencia del uso de los factores limitantes y finalmente optimizar la captación de los factores determinantes”, dijo Caviglia.

Ubicó como factores reductores a las plagas, malezas y enfermedades; como limitantes: agua y nutrientes; y como determinantes los precios de los granos y de insumos, la oferta tecnológica (bioinsumos o aparición de nuevos eventos biotecnológicos y genotipos nuevos) y perspectivas climáticas.

“Las problemáticas de las campañas anteriores afectan las decisiones y tendencias de manejo, a las que deberíamos prestarles más atención”, advirtió Caviglia.

El especialista se enfocó en las brechas de rendimiento que existen en el país, como una forma de empezar a pensar en el mejoramiento de los rindes del cultivo. Esto representa medir el rinde actual y logrado y el potencial que está limitado por determinados factores como el agua o los nutrientes, entre otros.

Para eso es clave arrancar desde la foto actual. Caviglia dijo que según un estudio que midió las brechas de rendimiento entre 2005 y 2011 _cuando la soja de segunda apenas ocupaba el 10% del área_ en Argentina alcanzaba 1,26 toneladas o bien 13 quintales por hectárea (qq/ha). “Ahora el número es otro porque la soja de segunda ocupa el 40%”, agregó, al considera que esta última expresa menores rindes.

La falta de progresos en rendimientos reales está asociada en gran parte a que la superficie de segunda sigue creciendo en Argentina”, agregó Cavaglia y planteó que los impulsores más grandes de rindes para la oleaginosa de primera son la fecha de siembra, la elección de genotipo, el fósforo del suelo y la presencia de napas. En cambio, para la de segunda, los impulsores son el uso de fungicidas, la fertilización con fósforo y la fecha de siembra. También dijo que “otras prácticas agronómicas como la rotación y el manejo de secuencia de cultivos o la fertilización balanceadas muestran ser impulsores importantes”.

Cerrar la brecha

Según el especialista de Conicet, “a medida que tenemos más estrés hídrico, la brecha es menor a cuando hay buena disponibilidad de agua”. Lo que parece una incoherencia tiene su explicación. “Cuando viene un año llovedor tenemos muchas falencias de manejo y el cultivo no puede expresarse mejor”, dijo. En cambio, ante la falta de agua el productor afina al máximo el manejo para evitar reducir pérdidas.

Otro factor a analizar para cerrar las brechas es analizar el crecimiento de la soja de segunda y también la tecnología utilizada. “Los paquetes de altos insumos tienen impacto bajo cuando la brecha es chica, pero alto cuando la brecha es alta”, indicó Caviglia.

En ese sentido, Santos indicó que allí “hay un semáforo rojo”. Explicó que el uso de semilla fiscalizada, según datos de Arpov, se ubicó en 18,4% en la campaña 2017/18, con un pico de 22% en 2012. “Es bajísima la superficie sembrada con semilla fiscalizada y hay poco recambio de variedades”, indicó al señalar que “las variedades de soja que se siembran tiene en promedio siete años de antigüedad”.

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Ese dato no es menor porque determinan este escenario de rindes. “Nuevos cultivares empujan el techo del rendimiento potencial, además de la calidad y la protección del cultivo”, indicó Santos.

El referente de Prosoja indicó que se realizaron ensayos en diferentes zonas del país y de Brasil para calcular la ganancia genética (lo que aportan las variedades al rendimiento) de acuerdo a los grupos de madurez. Esta dependía del tipo de cultivares, del ambiente, pero también estaba muy ligado a la innovación y el adelanto tecnológico. “Hoy la ganancia genética promedio en Argentina es de 19 kilos por hectárea por año”, indicó Santos.

Con el desafío climático como un frente siempre activo y un atraso tecnológico que en soja es mucho más notable que en otros cultivos, el sector se enfrenta a un escenario que requiere nuevos y renovados abordajes.

Es necesario valorar la importancia del cultivar como única vía, potente y limpia (ambientalmente amigable) para un aumento vertical de la producción”, dijo Santos y planteó que el sector estará en problemas “en la medida que nos se adopten materiales modernos como medio para capitalizar el esfuerzo hecho por el mejoramiento y traducirlo en rendimientos nacionales”.

También habrá serias dificultades “si no usamos a los eventos como herramientas para complementer el foco sobre los agroecosistemas y rebalancearlos hacia una agricultura sustentable”.

La brecha entre lo logrado y lo posible

En Argentina la brecha de rendimiento para soja es de 13 quintales por hectárea, medida a valores de 2010. Ese dato, que aportó Octavio Caviglia, también es un puntapié para poder cerrarla.

“Una de las principales causas de la brecha pasa por los nutrientes”, dijo el investigador. Indicó que en “la dosis promedio de fósforo que usamos en Argentina es de 5 kilos por hectárea y el balance parcial es siempre negativo, en promedio de 12 kilos por hectárea por año”. También señaló que el nivel tecnológico no cambia esa ecuación. “Los productores de nivel tecnológico alto aplican más fósforo pero también tienen más rendimiento, por tanto, el balance es negativo también”, agregó.

“¿Cómo cerrar esa brecha?”, indicó el especialista durante su disertación en el seminario Acsoja. “Usamos toda la tecnología y paquete de altos insumos en cultivos con brechas cortas y largas y se encontró que la diferencia entre tratamientos de alto «imput» y el rendimiento actual fue muy baja cuando el gap era bajo (menor al 20%) y que mejoraba el impacto de esas tecnología cuando la brecha era mayor”.

Es decir, cuando las condiciones son más adversas y hay más problemas de manejo es cuando más impacto tienen el uso de las tecnologías. Dijo que lo que tiene mucho más impacto es la mejora en la nutrición. “En promedio se obtiene una mejora de 400 kilos por hectárea, una diferencia del 13%, que es equivalente a cerrar la brecha explotable”, agregó.

Por otra parte, si se pone el foco en la productividad del agua (el rendimiento en relación al agua disponible) que permite medir cuántos kilos se pueden llegar a obtener en función de los milímetros de agua caída, “en Argentina sacamos 5,5 kg de grano de soja por mm de agua disponible, pero el potencial, lo que podríamos sacar, es 8,1 kg”, dijo.

También aclaró que en el país el máximo que se podría aspirar, con la genética actual es lograr unos 12 kg de grano por mm”. Además, el indicó que “por encima de 400 mm caídos, la productividad de agua decrece y empezamos a producir menos grano de soja por milímetro, lo cual indica que empezamos a usar menos eficientemente el agua”, algo que según indicó es clave ajustar a través del manejo para “aprovechar mejor el agua cuando llueve mucho”.

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